Si tu marca es un disfraz, te prefiero desnudo

hombre disfrazado

En los últimos años he ido haciéndome consciente de como los seres humanos tenemos la tendencia a construirnos personajes falsos encima de nuestra verdadera esencia. Lo hacemos con buena fe, para encajar en la sociedad, asemejarnos a los modelos de éxito, ser aceptados por nuestros símiles o, como ápice, resultar admirados por otros.

Este afán de aceptación externa trae consigo la negación de nuestra esencia, un rechazo interno a menudo inconsciente, del que yo misma padecí durante años sin darme cuenta y del que todavía estoy despojándome.

Debido a lo generalizado que está este habito, estamos rodeados de personas
con máscaras, disfraces, cuando no corazas, que niegan su esencia a sí mismos y a los demás.

Por prolongación lógica, y deformación profesional, pienso que estas personas aplicarán la misma negación también a sus proyectos empresariales de tenerlos. Si pensamos que lo normal es diseñar marcas con el objetivo de gustarles a los demás, el deseo lógico es tener el mejor disfraz para tu empresa, sin que sea necesaria ninguna esencia.

La verdad es que esta realidad no me atrae mucho. Del mismo modo que no me gusta sentirme atraída por un hombre y luego descubrir que solo me embaucó un disfraz que impedía que viera su esencia, tampoco me gusta sentirme atraída por una marca que han cuidadosamente disfrazado.

Lo que sí me gusta es ver como hay personas que eligen comunicar sus proyectos empresariales sin máscaras, reflejando y realzando lo que sus empresas ya tienen dentro. Personas movidas por una motivación fuerte, un propósito, un why, que tiene más poder de venta que ningún disfraz posible. Que realzan adecuadamente esa esencia con el diseño, como si de ropa se tratara, y consiguen tanto el objetivo de vender como el de poblar este mundo con una marca auténtica más y una persona auténtica más.